Opinión

Algunos cuentos para niños o por qué fomentarles la lectura (así como les fomentamos que hagan algún deporte)

HABITACIÓN

Diana Isabel Jaramillo* |

Uno de los temas más comunes en la academia universitaria, las fiestas infantiles o hasta la sala de espera del pediatra, es la falta de interés por la lectura por parte de las generaciones más jóvenes. Parece una regla decir: “En nuestros tiempos, éramos mejores, porque leíamos más”. Lo cual, a mi parecer, es una exageración, porque tampoco somos la generación más bibliófila; más bien somos hijos del Nintendo y, si me apuran, de las horas frente a la televisión. Pero bueno, nos preocupa que, si nosotros no leíamos de puro contento, los pupilos de ahora, menos.

Sobra decir que es una falacia el decir que nuestra congoja viene de pensar en que estamos criando seres humanos amorales o incultos, puesto que, no hace mejores seres humanos tener el gusto por la lectura y, como decía Cristian Vázquez en su libro Contra la arrogancia de los que leen, quien parafrasea al gran Juan Domingo Argüelles: No se puede sentir lástima o menosprecio “por los que no gustan de la danza, el cine, la música, la pintura, el teatro, el fútbol, el golf, el tenis, el críquet, etcétera. La gente lee o no lee, y leer es mejor que no leer, como también saber jugar fútbol es mejor que no saber hacerlo”.

Sin embargo, como parte de nuestros compromisos como educadores, padres de familia, etcétera, está el de procurar extender la mano para enriquecer, espiritual e intelectualmente, lo más que podamos, a los más jóvenes. Y, aunque usted lector desocupado, no haya desarrollado afición por la lectura, podría, quizás, favorecer una buena experiencia, una gran compañía a un desocupado, también, posmilénico.

 Por esa razón, escribo aquí los libros que más les han gustado a mis hijos y otros incautos alumnos en los últimos años, meses y días. Comienzo:

Para los menores de un año de edad: Hay un cuento que se llama ¡Noooo! En el que se habla de los primeros amores y terrores de todo bebé. Amores: su madre, su perro y el pan. Terrores: la tía besucona, que lo cambien, y que lo amarren a una carriola. El libro divierte al bebé quien se da cuenta que puede decir sí a lo que le gusta o rechazar con un no, lo que le incomoda.

Para los menores de tres años de edad: Cualquier cuento en el que tengan que inventar ellos la historia, como Caballero, les va a encantar, pues el histrionismo es el fuerte de esta edad. También, los poemas ilustrados como los que escribe la poeta María Baranda, se convierten en paraísos amorosos.

Para los cinco y seis años de edad: Cualquier libro de Ardilla miedosa lazos con los más pequeños que desarrollan planes para salirse con la suya o para sortear problemas que, aunque parecen cotidianos, resultan cuestiones de vida o muerte.

En los siete a nueve años de edad: Vienen los textos un poco más copiosos, largos y las historias inesperadas. Evite, por favor, los cuentos con moralejas obvias. Es decir, aquellos cuentos que no son cuentos sino un burdo intento por adoctrinar. Nuestros pequeños lectores, para esta edad, ya son muy diestros en descubrir estas artimañas. Entonces, busque cuentos irreverentes, como los de Francisco Hinojosa y La peor señora del mundo o los ilustrados por Juan Gedovius Encimosaurio o El más gigante (este último, me parece que lo leí con mis hijos, unas 50 veces, porque les parecía entrañable el final y las frases shakesperianas). Salvaje fue un éxito para las niñas esas que nunca quieren peinarse y parecen criadas por Tarzán.

A los nueve años, por favor, suélteles un libro, y se sorprenderá. Sobre todo, que ellos vayan a la librería o a la biblioteca a elegir el libro que quieran, la aventura que más les atraiga, el tema del que quieren saber todo, todo: el espacio, los anfibios, viajar en el tiempo, la biografía de algún personaje histórico o de ficción. En esta edad, mi hijo buscaba libros que hablaran de tiburones. También de robots. “Quiero una mamá robot” le mataba de risa. También los cuentos un poco más filosóficos como El Pato y la muerte, el cual, si usted quiere explicar qué es la muerte, cómo se siente morirse, cómo dejar ir a un ser querido, tiene que leerlo. Le prometo que será, incluso para usted, un abrazo.

 A los diez y once años, mi humilde recomendación, es que le lean a usted alguna novela, a usted o a algún pariente que ya no pueda leer mucho por enfermedad o cansancio. Por ejemplo, algún clásico como La guerra de dos mundos, de H.G. Wells. O, como usted recordará, alguna historia lúdica donde el preadolescente escoja su propia aventura o que identifique, incluso, con algún videojuego o serie. Los libros de Una serie de eventos desafortunados por Daniel Handler bajo el seudónimo de Lemony Snicket le van a ayudar a ver el mundo con humor, y mire que, a mi parecer, ¡cuánto humor nos hace falta a los que ya crecimos lo que teníamos que crecer!

 Aquí me detengo, porque, solo pasaba por aquí para compartir con usted el gusto que da el que alguien más disfrute de nuestro juego favorito, en mi caso, la lectura, sobre todo, si ese alguien es más pequeño. Que sienta el placer de pasar las páginas o, incluso, de leer en las pantallas o, más allá, de escuchar en el auto, mientras estamos detenidos en el tráfico camino a la escuela. En fin, como escribiera Alberto Manguel, “sobre gustos no hay nada escrito”, pero lo importante, es ofrecerles a los que vienen tras nosotros la oportunidad de conocer, acercarse y jugar a eso que se llama: “leer por puro placer”.

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Diana Isabel Jaramillo
Doctora en Literatura Hispanoamericana / Coordinadora de Literatura y Filosofía en la Universidad Iberoamericana Puebla.
9 agosto, 2019

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