Opinión

Francisco Toledo: liber

HABITACIÓN

| Diana Isabel Jaramillo |

No va a haber más Toledos, porque Francisco Toledo era un genio. Son genios porque son intolerantes y con esa visión cambian su contexto. Algunos lo cambian sin quererlo, porque sus ideas irrumpen y hacen eco en otras personas que las activan. Otros, como nuestro Toledo, viven en absoluta congruencia con su visión incómoda sobre lo establecido, con la necedad de aceptar lo dado, con la férrea misión de no dar tregua a sus enemigos ideológicos.

No voy a repetir la biografía del maestro de las artes plásticas, pues para ello será mejor que la relaten, nuevamente, su familia, sus amigos y sus alumnos. Yo coincidí de lejos en los proyectos que realizó en Puebla, por iniciativa, primero de Pedro Ángel Palou, a principios de los noventa del siglo pasado, y con su generosa colaboración siempre con los proyectos emanados de esos días que continuaron siempre. Donó una gran biblioteca especializada en artes para el Museo Erasto Cortés, de la Casa de la Cultura de Puebla; misma que en varias ocasiones fue descuidada, pero los libros son necios y se van apropiando del lugar al que se aferran con todo, diría Cortázar.

Entusiasta promotor de las artes librarías, de todas, fue colaborador, autor y creador de aquel que tuviera un proyecto de fomento a la literatura: bibliotecas, talleres de impresión, talleres que promocionaran los oficios propios del grabado y la impresión, de la bibliotecología, de la fotografía, de las exposiciones bibliográficas, de los libros de artista, de las ilustraciones en todas las técnicas conocidas y por conocer, de las bibliotecas infantiles, de los círculos de lectura. Todas estas estrategias tuvieron lugar en los espacios por él fundados: en el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca y en el Centro de las Artes de San Agustín, pero también en el de Arte Moderno (Maco) y en el de Fotografía Manuel Álvarez Bravo; pero, también, en los espacios y con poblaciones que no le eran propias y estaban lejanas. Cada una de esas tareas, de esas banderas por él alzadas, son semillas de grandes árboles ahuehuetes que darán luz por cientos de años. No creo exagerar.  

Yo solo quería resaltar esa ínfima partícula luminosa de un hombre sol con alma de niño: siempre curioso y deseoso de volar a través del papel. Un artista que, sobre todo, creyó, como Ovidio[i] al atender la doble identidad gráfica del vocablo liber, de que tener un libro (liber) es ser libre (liber); y que, “libro” deriva de “liberado”, de la corteza del árbol quitada y liberada. Tres acepciones que Francisco Toledo, el genio, tuvo como apellidos: libro, libertad y árbol.

Un artista, del cual, los que hoy se jactan de haber tomado su mano arisca (porque le tenía sin cuidado quedar bien con nadie) deberían seguir, tan solo, en un término: congruencia. Un hombre cuya obra legada cobra cuerpo y experiencia en páginas, incluso, aun no escritas y en miles de páginas repasadas; seguro de que, como se lee en el Quijote, “el deleite que en el alma se concibe ha de ser de la hermosura y concordancia en las cosas que la vista o la imaginación le ponen delante”. Gracias, maestro por tantos felices resultados. Vuele libre.


[i] Luciano Canfora. Libro y Libertad. Madrid: Siruela, 2018.

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Diana Isabel Jaramillo
Doctora en Literatura Hispanoamericana / Coordinadora de Literatura y Filosofía en la Universidad Iberoamericana Puebla.
6 septiembre, 2019

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