Opinión

Emoción y congruencia

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| Leticia Camacho Téllez |

En pasadas entregas habíamos hablado sobre la congruencia y de cómo es el alineamiento entre el lenguaje, la corporalidad y las emociones.

Hoy nos centraremos en las emociones y en cómo junto con la corporalidad y el lenguaje forman una especie de triángulo, donde cada vez que se afecta a uno de esos vértices se modifican a su vez los otros, ampliándolo o reduciéndolo.

Y es que, aunque un estado emocional y una emoción no son lo mismo, sí configuran un estado desde cómo se miran las cosas, de cierta forma, y por tal motivo, a su vez pueden modular nuestra corporalidad y nuestro lenguaje.

Rafael Echeverría señala en su “Ontología del lenguaje”: Los estados de ánimo viven en el trasfondo desde el cual actuamos. Es decir, se vuelven como esa particular forma desde la cual nos desenvolvemos, y se llega a cierto momento en que ya no se distingue porque estamos sumergidos en ese mar particular, en ese estado de ánimo.

Los estados de ánimo se reflejan en cómo se ve y se toma la vida. No es lo mismo ver la vida con alegría al despertar a un nuevo día, que despertar y mirar que ha crecido la panza, que nos vamos poniendo viejos y que no pudimos dormir. La primera actitud te hará moverte con soltura, querrás salir a dar la vuelta, disfrutar del sol, caminar rápido, mantener la energía y cerrar tus círculos de actividad física. O también puede ser que te lamentes por el frío y para colmo se acabó el gas y ahora a bañarse con agua fría. Dos estados de ánimo diferentes nos llevan a actuar y hablar de forma diferente.

Sucede que, a veces, sobre todo movidos por un “deber ser” se hacen las cosas de forma compulsiva y andamos de forma dinámica sólo porque nos han dicho que no arrastremos los pies al caminar, o que debemos caminar rápido en la vida, ni que fuéramos tortugas y entonces, para no parecer tortugas, hay premura para todo, sólo en una idea de ser rápidos, aunque no se tenga la soberana idea de hacia dónde ir.

Un amigo me compartió una reflexión con el título “Congruencia”, justo cuando me encontraba elaborando esta columna, que no pude dejar de sonreír por la “coincidencia” y le comenté que estaba escribiendo sobre ese tema.

Aquí va un breve resumen: Resulta que una mujer se pone a despotricar contra otro automovilista porque él no cruzó el semáforo cuando estaba en amarillo. Ella mienta madres, se le corre el labial pues se iba maquillando. Llega una patrulla, el policía baja y la detienen sin más ni más.

Después de unas horas la liberan y se disculpan con ella porque “había sido una equivocación”. La confusión se dio, porque el policía vio que ella mentaba madres y en el coche que conducía había calcomanías sobre meditación, amor al prójimo, paz y amor. El policía al verla pensó que ese coche era robado. Y no, no era robado, sólo eran frases con las que se supone que ella comulgaba, o al menos así lo expresaba por medio de su coche, pero no se relacionaba con la forma en que ella se comportaba. 

La conclusión lógica es: No había congruencia entre lo que ella pregonaba en sus calcomanías y su proceder.

Regresando a los estados de ánimo que se reflejarán en la corporalidad y en nuestro lenguaje, se puede influenciar desde cada uno de ellos, nos dice Echeverría, y tiene su contraparte, también se puede menguar desde alguno de ellos, cuando otro se queda relegado, como la corporalidad y el lenguaje. Puede quedar medio coja la relación y aunque se mueva un lado, si los otros no se han trabajado, la inercia puede tirar y jalar los otros hacia la forma anterior.

Por ello es necesario trabajar en las tres partes, en el estado de ánimo, hay varias técnicas para ello. El lenguaje, de verdad que hay que creérsela, y la práctica es la maestra. Y la corporalidad, trabajar en posturas de poder. Se puede empezar por cualquier parte, algunas al principio no serán tan genuinas. Empecemos fingiendo o actuándolo, dijera Mario Alonso Puig, por algún lado hay que empezar y esas prácticas poco a poco irán siendo parte de cada uno de nosotros.

Las cosas no están ya dadas, ni como algo ya establecido, mucho menos como parte de nuestra personalidad. Tampoco es algo inmutable.

Se sabe que tenemos la capacidad de modelarnos, ser la mejor versión de nosotros mismos o como le quieras llamar, eso es lo de menos.

¿Te atreves?

leticia.camacho@cleverspot.com

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10 noviembre, 2019

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Leticia Camacho Téllez


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