Opinión

El malestar de la representación, ¿qué hay con la voluntad política del estado y la regla de mayoría?

DECISIÓN DE GOBIERNO Y GENTE QUE ANDA POR LA CALLE

| Jonathan Molinet |

Vivimos días difíciles.  Muchos de quienes lucharon por el primado del gobierno de mayoría, están descontentos con las decisiones que toman quienes fueron electos por esa vía.  Este descontento, que puede tener varios sentidos y alcances distintos, incluye de hecho diferentes disgustos.  El malestar de la representación, en forma de protestas y disturbios de diferente intensidad y alcance es una lista larga.

Desde Irak, Líbano y Argelia; llega a Cataluña, Francia, Inglaterra, Georgia, Malta.  También en Pakistán y Hong Kong.  Más acá, Venezuela, Chile, Ecuador, Bolivia y Colombia.  Para no citar tensiones y efectos que llegan a otros países o las protestas que desembocaron en procesos electorales impulsados desde el poder legislativo bajo el imperativo de la calle y las “redes sociales”.  Quizá haya otros que estén larvados.  En México y en Argentina, las elecciones parecen ofrecer una salida.  Está por verse si, a pesar del golpe de estado, puede ocurrir en Bolivia.  Mientras la melancolía de la dictadura impulsa el autoritarismo brasileño.

Cierto, en conjunto, se trata de distintos regímenes políticos y las protestas presentan grados distintos grados de efectividad.  Pero si cabe examinar la conjetura de un malestar de la representación, por consecuencia necesaria, también hay que interrogar la situación actual de la voluntad política del Estado bajo la regla de mayoría. 

Parte de las distintas bases del gobierno y sus efectos, son puestas en duda a través de las mismas elecciones, a través de expresiones de protesta más o menos masivas y concurridas, como a través de prácticas violentas y delictivas.  En casi todos los casos,  quienes participan destacan que son ajenos a los partidos políticos, que sus movimientos no tienen ninguna dirección formal ni estructura jerárquica e, insisten, su única vía de comunicación y convocatoria son las “redes sociales”. 

Hay algo de paradoja.  Por un lado, la idea de formar gobierno a partir de la mayoría electoral queda seriamente en duda; pero, por otro, la reivindica efusivamente el grueso de quienes ponen en cuestión sus bases intelectuales, organizacionales e institucionales.  El individuo y el ciudadano tienden a quedar disueltos en el consumidor.  La responsabilidad individual es despojada de medios apropiados de realización y simultáneamente reducida a repetición mecánica, un subterfugio.

La oposición a las bases doctrinales del gobierno por mayoría es combatida a nombre de sus fundamentos institucionales.  En efecto, parten de la libertad de expresión y levantan la bandera contra el reconocimiento de derechos para el total de la ciudadanía.  Si hemos de juzgar por los resultados electorales, se trata de operaciones político-ideológicas altamente exitosas.  Aparte de Hungría y Polonia, donde son un hecho, en Italia y en Alemania, pronto en Inglaterra, a la mejor, en España, esperan que llegue su hora.  Encuestas y paciencia nutridas en el malestar donde el capital está codificado en el derecho y la idea de gloria se alcanza en los despachos y llega del comercio exterior.  En la globalización mercadolátrica realmente existente no hay unidad de los opuestos. 

Es que todo presente es difícil.  La representación se disuelve en la imposición de la independencia del representante.  Son tiempos de crecimiento económico, aunque no se consiga a las tasas declaradas o esperadas.  Para conseguir avance tecnológico, hay que asignar recursos escasos.  El problema es dar con el patrón de asignación.  El asunto de los partidos políticos es la negociación asociada.  En la calle quedan la inseguridad, las fantasías.

Reina una convicción no muy secreta.  La gente que anda por la calle resulta indigna de ser representada.  Ocurre también que esa idea es llevada a un punto donde la coalición del ejecutivo amenaza con prescindir de ella.  La idea da la vuelta sobre sí misma y abre una cuestión ¿de qué dignidad gozan estos que dicen que nos representan?  ¿Quiénes son?

¿Quién dijo?

“El chiste es cómo usar la computadora en el salón de clase.  Con el correo, viera usted que gusto les da a los chamacos.  Escribimos entre todos una carta para niños en otro país.  A otro día empiezan con que vamos a leer la respuesta.  Primero, las cuentas, les digo.  Después del recreo, vemos si contestaron.  Los niños, uno por uno, leen en voz alta.  Después, también de uno en uno, escriben la contestación.  Han avanzado mucho.  Ellos y yo estamos contentos.”  Cuenta el joven maestro.

2 diciembre, 2019

Acerca del Autor

Jonathan Molinet Fue profesor en la ENAH, la UAM, el ITAM y FLACSO. Estudió filosofía y políticas públicas.


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